Parche en el ojo

Estoy en la sala de espera de un centro de especialidades médicas en Quillota. Tengo hora con el oftalmólogo, llevo esos anteojos que uso casi nunca. Prefiero los de contacto que ocupo desde los 13 años. Coincidentemente me atiendo en el mismo lugar donde visité por primera vez al oculista, cuando tenía 7 u 8 años.
Algunos juegan en sus celulares, en el televisor un partido del mundial (Argentina v/s Egipto, repiten los goles). Al frente un adolescente de unos 15 años con un parche en su ojo izquierdo: "¿Dónde está el baño?", le pregunta a quien parece ser su abuela. "Allá al fondo", le responde. No pasan ni 30 segundos y se devuelve. "Es para discapacitados, y yo no soy discapacitado", le dice medio molesto a la anciana. Me río por dentro: tiene un parche en el ojo, o sea, está con una discapacidad en este momento. 
Gruñendo, sentado, curvo, agachado, mira su celular con la mano izquierda en la frente y con el único ojo bueno. Yo apenas escribo con estos anteojos que me marean. 
El adolescente del ojo parchado sigue reclamando. Su abuela le acaricia la cabeza. "Está viejo y hediondo", diría mi abuelita que en paz descanse. La Era de Cristal... Colombia y Suiza siguen empatados a 0.

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