Mandarinas

Se bajó de una micro en el paradero 17, frente a la plaza de La Cruz, yo esperaba locomoción para Valparaíso. Tarde calurosa de fin de septiembre. La parada con sombra, caminó unos pasos con un bastón en su mano derecha y se sentó a mi lado. Escuchaba cueca en una pequeña radio a pilas que llevaba en uno de los bolsillos de su chaqueta.
Hombre de más de 80 años. Vestía boina, unos jeans y chaqueta azules, zapatos café claro, todo desgastado. Su piel morena arrugada, bronceada por el sol. Seguramente era un trabajador del campo con mil historias, aciertos y errores, amores y desamores. Sacó una mandarina, la peló con mucha paciencia, caminó al basurero, botó las cáscaras y luego se sentó a comerla. Sentía el aroma cítrico de la fruta.
Mis abuelos maternos y paternos se mudaron del campo a la ciudad. Hoy descansan en cementerios en La Serena y Nogales. Las mañanas en la casa de los tatas en La Calera, de niño iba cada fin de semana que podía. Me despertaba con las risas de la radio Festival y el aroma a huevos fritos del desayuno. Una taza de té, pan batido y la paila, nos sentábamos en la mesa del corredor.
Aún espero micro, tres de la tarde y una brisa fresca aleja el calor. El anciano se pone de pie y se apoya en el paradero. Mira al frente, espera unos minutos y sigue su camino por la vereda. Se aleja, sacó mi cámara rápidamente y alcanzo a tomarle una foto. En eso pasa el microbús, me subo rápidamente. ¿Hacia dónde caminará, de dónde vendrá? ¿Cuál es su historia? ¿Irá de visita a algún lugar? Quizá lo espera la soledad y más mandarinas en su casa.

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