El polen de los aromos

El almendro floreció en el jardín. Aún es invierno. "La primavera llegará pronto", dice mi madre. También los cerezos en la ladera del cerro del condominio donde vive Camila. "Salen unas cerezas amarillas", me dice el conserje (que aún no me aprendo su nombre). Él es un marino retirado que me salvó de una panne de mi auto, es del sur y muy conversador. "¿Y no se las comen los vecinos?", sigo conversando y entre risas me cuenta que se las devoram unos ratones, un festín de frutas de temporada. 
Regreso a La Cruz en mi vehículo y contemplo los aromos de la ruta 64 CH, hay muchos en la orilla del tramo que pasa por el aeropuerto de Viña del Mar, de la Armada. Sus flores también anuncian la primavera. Llegaron en el siglo XIX como árbol ornamental, son de Autralia y Tasmania me informa Gemini (la IA de Google). En calle Colo Colo de La Calera habían muchos, los recuerdo muy bien, ese amarillo intenso de sus flores y el aroma tan particular que me encantaba. Los tocaba en los paseos con mi Cutita cuando niño, (así le decía a mi abuelita paterna) y las manos me quedaban llenas de polen. 
Salíamos a caminar, a comprar al centro casi siempre. Caminábamos decenas de cuadras. A ella le gustaba mucho andar a pie, quizá por eso no me gusta tomar micro o colectivo. En el centro pasábamos por la sueleria Prat a comprar los productos que usaba mi Tata en su taller. Atendía una señora y un pelado que se parecía a Guillermo de Los Venegas, don Jorge.
Antonio Elgueta era zapatero. Aprendió el oficio cuando tuvo que dejar su trabajo en Cemento Melón por un accidente en que el tren lo atropelló. Estaba trabajando, quedó atrapado entre los fierros de la línea en una maniobra de cambio de rieles. Pese a que sus compañeros le gritaban al maquinista, el convoy no se detuvo.
Mi abuelo perdió la pierna izquierda casi completa, no hubo otra opción para los médicos. Lo trasladaron en una ambulancia de la empresa a Santiago (mi papá me cuenta que se parecía al auto de los Cazafantasmas). 
La gangrena avanzó rápido, le cortaron su pierna más arriba de la rodilla. El oficio de zapatero lo aprendió en rehabilitación en el hospital, él bromeaba que lo había hecho en la cárcel. Muletas y luego una pierna ortopédica. Era muy joven, de unos 27 años. Igual jugaba a la pelota y corría. Botas, mocasines, zapatos formales e informales, zapatillas. Reparaba de todo. Un taller repleto de herramientas y máquinas manuales. En las paredes calendarios de "monas piluchas".
No faltaba el helado de barquillo (esos de máquina) en La Central. Mi abuela me llavaba al supermercado donde vendían el aceite de cocinar a granel en unos tambores grandes, tenias que llenar tu botella. Pasábamos por la tostaduría al lado del cine a comprar café en grano y maní tostado. Paseos que duraban horas y horas. Me emociona recordar eso. Hace mucho que no paso por calle Colo Colo. ¿Aún estarán los aromos? 

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